Un Legado de Lucha y los Retos de la Doble Discriminación
A menudo damos por sentados los avances sociales de nuestra época, pero es vital recordar que el lugar que ocupamos hoy las mujeres con discapacidad
no es fruto del azar. Es el resultado de un hilo invisible de
resistencia que se extiende desde la prehistoria hasta nuestros días.
Un agradecimiento histórico
Nuestra
gratitud debe dirigirse a todas aquellas mujeres que, en épocas donde
el silencio era la norma, alzaron la voz. Ellas lucharon para que hoy
tengamos un marco legal y social que reconozca nuestros derechos. Sin su
valentía, la visibilidad de la que empezamos a disfrutar hoy sería
impensable.
La realidad tras las cifras: La interseccionalidad
A
pesar de estos avances, no podemos ignorar la cruda realidad que
persiste. Todavía hoy, miles de mujeres se enfrentan a una situación de
extrema vulnerabilidad. La pobreza y la precariedad no son solo una
cuestión económica; en muchos casos, son la consecuencia directa de
vivir en sociedades donde ser mujer y tener una discapacidad sigue siendo un estigma.
Cuando
el entorno no está preparado o, peor aún, cuando la sociedad decide
mirar hacia otro lado, la desigualdad se vuelve sistémica. No se trata
solo de barreras físicas, sino de barreras mentales que nos relegan a la
invisibilidad.
El valor de nuestra identidad
Ser
mujer y vivir con una discapacidad en el siglo XXI requiere una
fortaleza extraordinaria. Si las mujeres ya enfrentamos techos de
cristal y discriminación por género, la discapacidad añade una capa de
complejidad que multiplica las posibilidades de exclusión.
Reconocer
nuestra situación no es pedir caridad, es exigir justicia. Nuestra
resiliencia es un valor social que debe ser respetado y potenciado.
Sigamos construyendo sobre el legado de quienes nos precedieron, para
que el futuro no sea una lucha por la supervivencia, sino un espacio de
igualdad plena.
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